miércoles, 5 de julio de 2017

Caquetá: la reconquista y la reactivación de la frontera extractiva


Una reseña histórica de las etapas de la colonización de la Amazonia colombiana, centrada en el Caquetá. Su evolución ha estado concentrada en la extracción de materia (indígenas como fuerza de trabajo, quina, caucho, coca). Ahora, en el marco del pos-acuerdo se cierne sobre la cuenca más grande del mundo, un nuevo ciclo extractivo más agresivo y más complejo que engloba la mitigación al cambio climático y la explotación de recursos energéticos. 


El departamento del Caquetá es junto con el Putumayo, la entrada desde Colombia a la Selva del Amazonas, su característica principal es la presencia de innumerables ríos que dan nacimiento a la cuenca hidrográfica más caudalosa del mundo. A pesar de que en el imaginario colectivo existe la creencia de que se encuentra cubierto de la más espesa selva tropical, gran parte de su área ha perdido la cobertura original debido a ciclos extractivos de materias primas y fuerza de trabajo que abrieron la puerta a la colonización y que han dejado una profunda afectación en las sociedades y los ecosistemas originales. La esclavitud, la quina, el caucho y la coca han sido el preámbulo para una nueva ola extractiva, el petróleo.

 Rio Bodoquero en el municipio de Morelia (Caquetá). Este rio desemboca en el rio Orteguaza, que a su vez discurre hasta el rio Caquetá, que alimenta al Amazonas.


La ocupación del Caquetá ha tenido varios pulsos desde el inicio de la conquista. Antes del arribo de los españoles ya habitaban pueblos indígenas cazadores y recolectores, las evidencias se encuentran principalmente en los petroglifos de la Serranía del Chiribiquete, datados por Thomas van der Hammen y sus colaboradores en aproximadamente 14.000 años antes del presente. Entre los años 1600 y 1700 ocurrió el primer ciclo extractivo, las incursiones a estas selvas se dieron principalmente para la extracción de mano de obra indígena que sirviera para ser comercializada como esclavos para trabajar en los ingenios azucareros de las Antillas y el noreste brasilero; primero arrasaron con los habitantes del bajo Amazonas y después se trasladaron a la cuenca alta del rio Caquetá. Al mismo tiempo, los misioneros franciscanos se aventuraban a la evangelización y exploraban oportunidades para la expansión de los dominios de la iglesia y su poder socio-económico. Como resultado, se obtuvo una drástica disminución de la población nativa y su relegamiento a pequeños núcleos desconectados en medio de la selva.  



En la década de 1850 se produce el segundo ciclo extractivo, incentivado por la demanda de quina (planta medicinal originaria de América del Sur usada para combatir la fiebre). La actividad económica usa y agota la fuerza de trabajo indígena local -lo que quedaba de ésta-, desplaza y esclaviza a los ocupantes originales y en consecuencia causa la migración de trabajadores desde todas las regiones del país, especialmente de Tolima, Cauca, Huila y Valle del Cauca. Los indígenas que habitaban las regiones de explotación, ubicadas en Putumayo y Caquetá, se reagruparon para subsistir, hacia zonas aún más remotas de la selva. Desde ese momento, se retoman los primeros caminos creados por los conquistadores y los misioneros; y se abren nuevas rutas comerciales terrestres y fluviales. Por un lado, se consolidan los caminos de herradura entre los Andes y el Amazonas, y por el otro se lleva a cabo la navegación del rio Putumayo y Caquetá para el intercambio de mercancías con Brasil y la salida a los puertos del Atlántico. En 1884, los precios mundiales de la quina caen y esta economía extractiva fracasa. Como resultado queda la disminución drástica de los pueblos indígenas nativos, el agotamiento de la planta medicinal, una población empobrecida que solo dependía de este eslabón productivo y grandes ganancias para los empresarios locales y extranjeros. 

Evangelización en el Caquetá a principios del siglo XX. Fuente: Exposición Museo Caquetá, orgullo de Colombia (Florencia).



Evangelización en el Caquetá a principios del siglo XX. Fuente: Exposición Museo Caquetá, orgullo de Colombia (Florencia).

Los comerciantes de quina encontraron una nueva oportunidad para continuar con la explotación de bienes en la amazonia. Gracias a la Segunda Revolución Industrial, el caucho, pasó a ser denominado el oro blanco de América del Sur, dada su esencial importancia para movilizar un nuevo invento surgente en el mundo, el automóvil. Pero no es debido al hombre blanco que se evidencia la utilidad de la preciosa savia de los árboles pertenecientes al género Castilla y Hevea, nativos de América Central y América del Sur. Antes de la invasión europea, los pueblos indígenas usaban la resina del caucho para elaborar tiras y correas, vasijas, fabricar mangos de herramientas, telas impermeables e incluso recubrimientos en sus pies que asemejaban zapatos. Su uso más trascendental, será para algunos la fabricación de las primeras pelotas de goma por parte de los habitantes mesoamericanos y que daría origen de algún modo al futbol.

Hacia 1880 inician las explotaciones en el Sinú y El Atrato, las cuales no dan abasto y se trasladan a la Serranía de la Macarena y las cuencas de los ríos Yarí, Apaporis, Vaupés, Guaviare, Inírida y Caquetá. Durante este tercer ciclo extractivo, el gobierno colombiano concesionó tierras a las empresas explotadoras a cambio de que éstas construyeran caminos y centros poblados en las fronteras con Ecuador, Perú y Brasil, una manera de delegar sus funciones a los privados, históricamente característico de la clase dirigente. La historia de desplazamiento y esclavitud indígena se repite, más cruda e intensa que antes. Narraciones de excursionistas europeos recopilan la infamia, la iniquidad y la depravación de los hambrientos de oro blanco. José Eustasio Rivera, en su novela La Vorágine expresa su rechazo a estas oprobiosas prácticas y marca un hito en la literatura colombiana, pautando el inicio del modernismo con una prosa hermosa en demasía, poética pero objetiva y colmada de epítetos certeros que lo llevaron a ser catalogado como el “poeta de la Selva” según Horacio Quiroga. Sin duda, La Vorágine narra el comienzo de la violencia en la narrativa colombiana, superando las crónicas y la no-ficción contadas desde la perspectiva del victimario (misioneros y realeza conquistadora).

A continuación, algunos apartes de Wade Davis, etnobotánico canadiense que ha investigado los pueblos indígenas amazónicos y de W. Hardenburg, ingeniero trabajador en las caucherías.

... Los agentes de la Compañía obligan a los pacíficos indios del Putumayo a trabajar día y noche, sin la más mínima recuperación salvo la comida necesaria para mantenerlos vivos. Les roban sus cosechas, sus mujeres, sus hijos. Los azotan inhumanamente hasta dejarles los huesos al aire... Toman a sus hijos por los pies y les estrellan la cabeza contra los árboles y paredes... Hombres, mujeres y niños sirven de blanco a los disparos por diversión y en oportunidades les queman con parafina para que los empleados disfruten con su desesperada agonía ...
W. Hardenburg, 1909

Rafael Calderón, un bandido de veintidós años (...) tenía un lema: "Matar a los padres primero y después gozar de las vírgenes". Cuando una mujer se negaba a acostarse con uno de sus hombres, Armando Norman la envolvía en una bandera peruana impregnada en gasolina y le prendía fuego. A otras mujeres las empotraba, disponibles para cualquiera. Cuando el supervisor de Atenas descubrió que una joven india que él había violado tenía una enfermedad venérea, la ató en suelo y la azotó mientras le insertaba un palo ardiendo en la vagina.
Wade Davis, 2009

"En 1904 contrató a doscientos guardianes de Barbados y les encomendó la tarea de acorralar a cualquiera que intentara escapar (...) Los caucheros, a quienes se les permitía 'civilizar' a los indios, atacaban al alba, atrapando a sus víctimas en las malocas y ofreciéndoles regalos como excusa a su esclavitud. Una vez en garras de deudas que no podían comprender y a riesgo de la vida de sus familias, los huitotos trabajaban para producir una sustancia que no podían usar. Los que no cumplían con su cuota, los que veían que la aguja de la balanza no pasaba de la marca de los diez kilos, caían de bruces a la espera del castigo. A unos los golpeaban y azotaban, a otros les cortaban las manos o los dedos. Se sometían, porque si oponían resistencias sus esposas y sus hijos pagarían por ello." 

Las rutas comerciales de esta época conectan principalmente el sur del Huila con el Caquetá a través de caminos estrechos y precarios por los que salía la mercancía a lomo de hombre, demandando la construcción de bodegas, paradores y pequeños poblados a lo largo de las sendas. En el transcurso de estas décadas se fundan las poblaciones de Puerto Rico, San Vicente del Caguán y Florencia, en el departamento del Caquetá. Una vez más, la historia insiste, la bonanza cauchera fracasa. Los precios se desploman en 1910 y una gran cantidad de mano de obra queda flotando en medio de la selva y los caminos. Obreros, soldados, camineros, comerciantes, prostitutas, etc. se repliegan hacia el piedemonte donde las condiciones de vida son más amables, ocupando esas pequeñas bodegas y caseríos dejados por las caucherías. Aquí, la economía extractiva se transforma en economía campesina e inicia una nueva etapa de colonización del territorio.

De acuerdo a las investigaciones y a los documentos del Archivo General de la Nación, existían pocas rutas de comunicación entre los centros poblados, lo que dificultaba el desarrollo económico de la región. Fabio Álvaro Melo, en su tesis de maestría en historia (2012) narra que, en 1918, para ir desde Florencia hasta San Vicente del Caguán se requería remontar la Cordillera Oriental hasta el Huila, pasando por Garzón y Gigante, para volver a descender hacia la planicie, este viaje tardaba 14 días. A raíz de esto, surgió la necesidad de construir más caminos que implicaran menor tiempo y facilitaran la gobernabilidad y el fortalecimiento de las economías locales. En esta dinámica el Caquetá se estanca durante al menos dos décadas.

Sin buscarlo y casi por obra del azar, ocurre en Colombia un acontecimiento que le abre definitivamente las puertas a la ocupación y a la deforestación de la selva a toda Colombia. La Guerra con Perú, en 1932 exige al gobierno que finalmente invierta en la Amazonía. Las antiguas trochas caucheras se acondicionan para el tránsito de tropas y se construye la base aérea de Tres Esquinas a orillas del rio Caquetá, la base naval de Leguizamo en Putumayo, la carretera Pasto Mocoa y la vía Garzón Florencia. De igual manera, el gobierno regala baldíos para que los colonos ocupen y hagan presencia en el territorio en representación del Estado, estos baldíos se entregan con la condición que un alto porcentaje sean pastizales para ganadería. La guerra termina con el tratado Salomón – Lozano y el gobierno vuelve a su centro de poder en Bogotá, dejando al Caquetá, una vez más a su suerte.

Entre 1929 y 1959 se da en el Caquetá un período de migración espontánea hacia los terrenos baldíos de los departamentos amazónicos. Esta ocupación, que databa desde mediados de 1850, fue exacerbada por el desplazamiento impulsado por la violencia bipartidista. Desde los inicios de la segunda mitad del siglo XX se presenta una colonización inducida por parte del gobierno a través de 3 programas de poblamiento en el Caquetá: La Mono, Valparaíso y Maguaré (en el Doncello). Estos programas a manera de reforma agraria en realidad describían una contrareforma, pues propendían por dar tierra poco cultivable a los campesinos desterrados de las zonas más productivas del país, las ubicadas en la Cordillera de los Andes. Así, se profundiza el acaparamiento de las zonas más fecundas y valorizadas del país en manos de los grandes terratenientes.

En las décadas posteriores, por las vías que alguna vez sirvieron para sacar quina y caucho e ingresar soldados, se adentran desde los Andes un sin número de campesinos empobrecidos y desplazados una vez más. Esta vez por el denominado conflicto armado. En los años 80, convergen en el Caquetá las guerrillas de las FARC, el EPL y el M-19 y el gobierno responde con una estrategia contrainsurgente a través de bombardeos. Ante la ausencia de inversión estatal, la bonanza cocalera (1977 – 1986) se configura como el cuarto ciclo extractivo, una forma de conseguir dinero rápido y auto-sostener las economías locales, ciclo que está llegando a su fin y deja en la incertidumbre a la población que depende de éste.

De todas las falsas bonanzas en las que ha caído el Caquetá es claro evidenciar una serie de constantes: primero, las grandes ganancias nunca se han representado en inversión social o en buen vivir para las comunidades locales; segundo, los pueblos originarios y la biodiversidad han sido exterminados y desplazados; tercero, las economías han sido netamente extractivas, sin generar industrialización, encadenamiento productivo o valor agregado a las materias primas; cuarto, el Estado ha delegado su responsabilidad sobre el territorio amazónico a las empresas privadas, concibiéndolo únicamente como una despensa -perpetuando la visión de los conquistadores-, al estilo de la Leyenda del Dorado. 

Actualmente, la economía del Caquetá es agrícola, pesquera y ganadera y posee propuestas sostenibles y autogestionadas que parten de la organización comunal. Sin embargo, el Estado colombiano vuelve una vez más sus ojos hacia este departamento. En los últimos años se ha avanzado en la construcción de varios tramos de la Carretera Marginal de la Selva, la cual pretende conectar las regiones amazónicas de Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y los llanos de Venezuela, y que implica la construcción de vías que conectan Florencia con Puerto Rico (Caquetá); y San José de Fragua con el municipio de Villagarzón (Putumayo), actualmente en obras.

Estas nuevas carreteras acompañan lo que podría consolidarse como un nuevo ciclo extractivo, combinando explotación de hidrocarburos, minerales, maderas y productos de monocultivos (enmarcados en los planes de “economía verde”). De acuerdo al mapa de tierras de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), en el departamento del Caquetá, hoy en día se encuentran al menos 14 bloques en exploración, 1 en Evaluación Técnica (TEA) y 19 bloques disponibles; lo que suma en total más de la mitad del área del departamento. Respecto a la minería, se encuentran al menos 55 títulos mineros vigentes (ANM 2015) y 26 solicitudes de legalización (ANM 2014). Lo contradictorio en esta nueva apuesta gubernamental es, por un lado el discurso “conservacionista” de reducir a cero la deforestación de la Amazonía y la ampliación del área de zonas protegidas como el Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete y por otro lado la concesión de áreas de exploración y explotación minera y petrolera acompañado de proyectos de economía verde y monocultivos como estrategia de mitigación al cambio climático. Es justo aclarar que un monocultivo no es un bosque y el hecho que haya plantas no garantiza la provisión de funciones socio-ecológicas esenciales.


Mapa de Tierras de la ANH con los bloques en exploración, en producción y en Evaluación Técnica a febrero de 2017. En verde se observan los Parques Nacionales Naturales y las Zonas de Reserva Forestal. Fuente: Elaboración propia con datos de la ANH y SIAC. Nótese el cruce entre zonas de protección ambiental y bloques petroleros.

Ante el panorama actual del departamento del Caquetá y la Amazonía, y los escenarios futuros que se vislumbran, es posible pensar en que se esté iniciando una nueva etapa de economía extractiva, más diversificada, más organizada y más agresiva. Vale la pena preguntarse esta vez: ¿En detrimento de quien y que se desarrollarán ahora estas actividades?, ¿Cómo garantizará el Estado la conservación de los ecosistemas y sus funciones?, ¿Existe alguna diferencia entre los guardianes de las caucherías y los agentes armados al servicio de las compañías?, ¿Qué sentido tiene ampliar el PNN Chiribiquete mientras se ofertan bloques petroleros a su alrededor y sobre el área de la Reserva Forestal de la Amazonía?, ¿A cambio de que se hará la explotación de los bienes naturales, humanos y los recursos no renovables? Y por último ¿Qué les quedará a las futuras generaciones cuando en pocas décadas esta bonanza fracase como todas lo han hecho? 

Para ahondar en estos temas y para corroborar la información aquí plasmada dejo a todos ustedes los siguientes documentos:


Tesis de grado en Historia: COLONIZACIÓN Y POBLAMIENTO DEL PIEDEMONTE AMAZÓNICO EN EL CAQUETÁ. EL DONCELLO 1918-1972 https://repository.javeriana.edu.co/bitstream/handle/10554/14972/MeloRodriguezFabioAlvaro2014.pdf?sequence=1

Video sobre la resistencia civil al Bloque petrolero el Nogal en Valparaiso, Caquetá. 

viernes, 9 de junio de 2017

Los Torogoces de Morazán, la posguerra musical

Después de los acuerdos de paz entre el Gobierno salvadoreño y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en 1992, los combatientes se reincorporaron de cualquier manera a la vida civil. De cualquier manera, sí, no por falta de voluntad de los exguerrilleros, sino porque no se les ofreció un estilo de vida alternativo a la guerra civil, porque la falta de empleo y de oportunidades, la desigualdad social y la injusta distribución de la tierra continuaban en todo el país. Ahora, ellos luchaban contra un pasado estigmatizado y con un presente aún más cruel que la misma guerra: la pobreza.


Los “Torogoces de Morazán” nacieron al calor de la lucha guerrillera como un grupo musical revolucionario que reivindicaba ritmos tradicionales y folclóricos típicos de El Salvador y al mismo tiempo transmitía un mensaje para la construcción de una nueva sociedad justa e igualitaria, denunciaba los abusos y las masacres que el Ejército Nacional Salvadoreño perpetraba en contra de las poblaciones civiles en su estrategia de “tierra arrasada” y daba informes de ataques y bajas de ambos mandos. En su rutina diaria combinaban tambores, violines, guitarras y fusiles. Durante los 12 años de conflicto transmitieron a través de Radio Venceremos, la emisora oficial del FMLN instalada en la mitad de las montañas del departamento de Morazán. La estación de radio era considerada un objetivo militar primordial del Ejército Salvadoreño y de los Estados Unidos, pues fortalecía y consolidaba la simpatía del campesinado hacia una causa liberadora contraria a los intereses de los grandes terratenientes y oligarcas locales. Su frecuencia alcanzaba audiencias internacionales, por lo que, en varias ocasiones, en ese esfuerzo intenso del gobierno por ganar la guerra, fue interrumpida para tergiversar los mensajes de los guerrilleros. 


 Reconstrucción de la Radio Venceremos en el Museo de la Revolución Salvadoreña, Perquín.

Los Torogoces estaban encabezados por un combatiente del FMLN, quien actualmente, 24 años después de la finalización del conflicto armado, conserva activo el grupo, revitaliza la memoria histórica y lleva un mensaje, cada vez más complejo de contagiar a las nuevas generaciones. Tarea que, quien fuera su segundo fundador en tiempos pasados, decidió emprender al separarse del grupo y fundar otros “torogoces”, quienes con nuevos ritmos y más contenido de fusión -además del mismo nombre- tratan de llegar a nuevos públicos.


En el periodo posterior a un conflicto armado, quienes vivieron la guerra ostentan la difícil labor de recordar los motivos por los cuales un pueblo tuvo que sumergirse en la dolorosa entrega de su sangre para alcanzar un bienestar común; y no sólo rememorarlo para sí, sino también, evocar su significado para las generaciones que desde la urbanidad ignoran el origen de la lucha de clases y sus eternas víctimas. Sin estos hombres -puentes inter-generacionales-, los procesos de construcción social están condenados a desaparecer entre la conformidad de una vida asalariada esclava, o incluso, un trabajo informal de subsistencia. Así, unas nuevas condiciones socio-económicas disfrazadas de “desarrollo”, planteadas por un sistema excluyente que arrincona, sólo están esperando de un Bolívar, un Galán, un Gaitán, o cualquier inconforme con liderazgo para empujar a las personas a nuevos conflictos armados. 

Los Torogoces de Morazán en su presentación en la 2ª edición del Festival de la Chicharra –“ChicharraFest 2016”-. Realizado en Los Quebrachos, municipio de Jocoaitique, Morazán.

Les dejo acá una muestra musical de lo que han hecho los “Torogoces de Morazán” durante años de producción.



16 de abril de 2016, Jocoaitique, Morazán, El Salvador 

domingo, 14 de mayo de 2017

Y cuando se dio cuenta...


Estaba ahí sentado. Se había dicho que no era el momento de su vida para hacerlo, que cuando tuviera familia estaría bien, que nunca se comportaría como tal, ni aceptaría ese tipo de rutina, no se sentaría al frente de una máquina y repetiría todos los días la misma acción. Pero así lo decidió hacer y se prometió que no iba a ser por mucho tiempo. Aceptó un trabajo como empleado permanente, de esos que cumplen órdenes –justificadas o injustas- producto de la subordinación. De todas maneras ¿Qué importaba?, vendería su autonomía y aniquilaría su creatividad por un tiempo, mientras la situación económica en casa cambiara. Además, era justo saber por qué razón, desde hacía años se había negado tácitamente a una situación que para él era insípida y trivial; reservada únicamente para aquellos que no eran capaces de trascender en el mundo, para los contentos resignados a pertenecer al lugar que les toca por la simple comodidad de no esforzarse en buscar su rol sublimador en la humanidad.

Y cuando se dio cuenta… llenaba largos formatos y solicitudes que le podían tomar medio día. Atravesaba pasillos, tomaba ascensores, subía y bajaba escaleras para encontrar una oficina específica y entregar el formulario de petición de un lápiz y un borrador. Cumplía horarios de lunes a viernes, a pesar de que muchas veces no tuviera ninguna tarea asignada y ningún motivo para permanecer en su oficina. Sin embargo, la empresa requería ser dueña de 10 horas diarias de su vida. La prolongada ociosidad lo hizo egoísta y mentalmente perezoso, incapaz de refutar con argumentos contundentes las ideas contrarias. Su entorno no lo estimulaba.

Adquirió magnífica destreza en la habilidad de aceptar los golpes de la vida diaria: los afectivos en sus relaciones emocionales y los físicos contundentes que recibía en el tráfico de la hora pico. Obedecía mandatos sin sentido, provenientes de las más obstinadas mentes, arraigadas a ideas tradicionales de las pedagogías antiguas. Aguantaba con desgano el trato irrespetuoso de su déspota superior, cuyo poder subyugador doblegó su pensamiento revolucionario. A diario, veía incluso como personas sin el más mínimo merito intelectual, obtenían estímulos y honores por usar el conocimiento que él producía de manera voluntaria y desenvuelta. Él trabajaba, en forma definitiva, en un lugar diseñado por el sistema para premiar el conformismo al cual él no estaba preparado. 

Cuando se dio cuenta, era un burócrata con la vida solucionada y los sueños asesinados… Días después renunció.


Diciembre 14 de 2014, Bogotá

El día se hizo diferente

El día se hizo diferente
fue un inicio, fue un fin.

Hoy quiero leer, aprender, recordar sonidos
para siempre y nunca más repetirlos;
retener su sinsabor,
el angustioso avance
de los minutos en un encierro mental.
Los tiempos de oscuridad
ya se están desvaneciendo
y la ilusión del futuro
sobrepone nuevos recuerdos
sobre los que aún están frescos.

Con el tiempo se afianzarán
los sufrimientos como enseñanzas,
las risas se perpetúan como anhelos.
Las conversaciones como anécdotas
e historias casi propias.
De cada persona me llevo un trozo
y de ellos construyo una torre,
tan alta y firme que podré ver
muy lejos hacia el pasado.
Renunciando al pensamiento mecánico.

24 de marzo de 2015

domingo, 30 de abril de 2017

Sobre perros y sociedad

¿Para quién son las sillas en este lugar?. ¿Alguien se atreve a moverme?

¿Quién manda en esta finca?. Así es la vida de los perros caldenses.

La heterocromía (Heterochromia Iridium) es una anomalía donde el color del iris difiere de un ojo al otro debido al contenido variable de melanina. En los perros se presenta de manera más común en descendientes de las razas: Husky siberiano, Collie de la frontera, Dálmata, Gran Danés y Pastor Australiano. En este caso nuestro ejemplar criollo quindiano debe contar con linaje de alta alcurnia. 

 ¿Un can sin miedo a la muerte, decepcionado de la vida, suicida o ignorante de lo que pasa en su espacio?

 No, no es ignorante de las consecuencias de lo que puede pasar. 

Entonces... ¿Que pretende meditando en medio de la carretera?
 
 Simplemente es un perro parchado.

 Cada uno en su círculo. Plaza de Armas de Arequipa, Perú, 2013.
El territorio de un cánido suele ser mucho mayor que el de un hombre, ya que en éste debe asegurar el acceso a fuentes de alimentación (comida y agua) y extender sus genes. Aquí un ejemplo de sana convivencia territorial. 

 Este perro pidió "ride" (aventón) en la carretera que de Perquín (El Salvador) lleva a la frontera con Honduras, decía que quería ir al rio San Fernando a darse un baño. Que prefería el platón de la camioneta por que adoraba que el viento le golpeara el hocico. 
 
 ¿Que tener hijos es la "bendición más grande"?. Claro, una vez hecho el daño hay que darse consuelo y asumir el rol. Tal vez esta madre de 8 sea más feliz cuando sus cachorros tomen la decisión de abandonarla. Tota, Boyacá, 2015. 

 En vez de tomarme fotos, debería llevarse unos dos y librarme de este martirio. 

 Me tienen seca estos...

 ¿Por qué los perros también tienen tetillas si ellos no amamantan?

 Vencida. Sometida a la familia cual trabajador humano que acepta la enajenación de su bienestar para subordinarlo al del patrón. Todo por un plato de comida. 

La nariz de los perros permanece húmeda por dos motivos (según la web): para capturar mejor las sustancias químicas de los olores y llevarlas a través de su lengua a las papilas gustativas y también como mecanismo de regulación térmica, sudan por la nariz.  

 "El mejor momento de mi día, es cuando no estoy en la realidad", escucho a menudo de quienes viven sumidos en la rutina del trabajo en una megaciudad como Bogotá. 

Mientras tanto, un cánido macho. Disfruta de Playa Blanca en Isla Barú, Cartagena (2013). ¿Qué le preocupa a este muchacho?. 

viernes, 21 de abril de 2017

Libertad

Su corazón buscó una forma diferente de vivir
José Luis Perales

Al velero en el que navego
a través de la tempestad de los días
y la pasividad de la soledad.

A la estructura sólida,
refugio de mis debilidades
placer para mi hedonismo,
descanso de largos letargos
desahogo después de las batallas.

A mi muro de lamentaciones,
lanza que me hiere
pluma que me instruye,
escudo de roble, y
fuente de calor en noches heladas.
mi vida y mi amiga, mi roca preferida,
mi preciosa compañía.


El sepulcro de los libres


                                                                          A quienes poseen grilletes de oro atados a sus miembros y la fogosidad no inquieta sus mentes.

¿Cómo se pueden soportar placenteramente los yugos de las cadenas?
Siempre pensé que conocer premeditadamente el resultado de un experimento o el desenlace de una historia, es similar a resignarse a un devenir escaso de pasión, carente de fascinación, ausente de sorpresa.
¿Dónde nos quedó la improvisación y la dinámica?... el estímulo necesario para elaborar las hipótesis, planificar acciones, construir aprendizajes y avanzar con nuestro mundo. Tratamos de prevenir el libre acontecer de la naturaleza, detener la sequía y la inundación; anticiparnos al futuro y evitar lo súbito, todo para salvar de la destrucción un sistema que nos somete a vivirlo como no queremos; humanizar los ecosistemas y ejercer poder sobre todo el entorno.
El paraíso prometido, las democracias, el “pacto social” y el trabajo asalariado mantienen una codicia permanente: por la vida eterna, por el “orden social” por el bienestar de la familia, etc. ¿Dónde quedó el bienestar del humano como individuo que se desarrolla acorde a su autonomía, que aprende de la muerte y la convierte en parte de la vida? ¿Para qué continuamos soñando si el mundo ya está hecho y estamos viviendo ahora en la posteridad?. La especie yace ahora inerte sobre su propia ilusión de libertad y felicidad.  

Febrero 11 de 2015, Bogotá. 


sábado, 15 de abril de 2017

Un día de independencia

Esta crónica habla del proceso de resistencia de la Nación indígena U´wa en contra de la apropiación de su territorio por parte del Estado, la prolongada burocracia que omite el reconocimiento de los derechos de la población, el conflicto armado que gira alrededor de intereses económicos y las victorias que surgen de procesos organizativos prolongados.


Un día de independencia

Quien primero muerde en las carnes del indio es quien está más cerca de él

Germán Arciniegas

Todo comenzó en el terminal de transportes de Bogotá. La cita con Tatiana era a las 9 de la noche en el módulo azul. Me empeñé en llegar a tiempo y para eso llamé a un taxista conocido para pedirle que hiciera la carrera. Yo cargaba un morral grande: dos mudas de ropa además de la que llevaba puesta y una cobija. La excitación de conocer una remota parte de Colombia, de esas que han estado en conflicto por el uso del territorio y las materias primas desde que se conocen, era la emoción que más prevalecía en mí a medida que veía pasar las luces de las calles bogotanas frente a la ventana empañada del taxi, lloviznaba en la capital.


Días antes, el Grupo de Investigación Geoambiental - Terrae – en compañía de indígenas de la Nación U´wa y estudiantes y profesionales de la geología, biología, ingeniería civil, ingeniería química, ingeniería ambiental, derecho, y otras disciplinas; habíamos elaborado un documento donde analizábamos los “Términos de Referencia” y la “Licencia Ambiental” del Área de Perforación Exploratoria (APE) Magallanes. El Proyecto, operado por Ecopetrol S.A. se encontraba ubicado en el corregimiento de Samoré del municipio de Toledo, Norte de Santander y se hallaba autorizado“ambientalmente” por medio de licencias de la Autoridad Nacional de LicenciasAmbientales -ANLA-. Sin embargo, los U´wa, habitantes de estas tierras desde épocas precolombinas consideraban sagrados los ríos, las montañas, los animales, la armonía, la soberanía y la tranquilidad que el proyecto de exploración de hidrocarburos interrumpía en el territorio.  

A las 9 pm en punto llegué al terminal, a las 10:30 seguía esperando que llegara mi compañera de viaje, la típica impuntualidad colombiana, a lo que se puede sumar un hecho aún más normal, quien viene tarde jamás contesta su teléfono, por supuesto ella tenía la culpa encima. Cuando vi llegar a Tatiana, traía una gran sonrisa, como si nada pasara, “Ay que pena querido, estaba recogiendo unas cámaras, ¡discúlpame!”. Compramos dos tiquetes hacia Saravena, Arauca en la taquilla de la empresa Libertadores. Tiempo aproximado de recorrido, 12 horas, costo, 85.000 pesos. La ruta que tomaríamos sería la habitual: desde Bogotá hasta Villavicencio y después por la Avenida Marginal de la Selva, uno de los tramos del ambicioso proyecto que busca conectar las regiones amazónicas de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. En nuestro país, comienza al sur desde el municipio de la Uribe, en el departamento del Meta y finaliza en el límite del Casanare y Arauca, donde continua con otros nombres y sigue su camino hacia el norte de Arauca.

El paisaje era precioso, a pesar de lo monótono de la planicie, la carretera atravesaba transversalmente una variedad de ríos que descienden de la cordillera oriental y que traen consigo los colores de las rocas que erosionan: ríos rojos, ríos negros, ríos café, ríos verdes, ríos grises, ríos azules, ríos que nacen en los páramos y desembocan en el gran Orinoco: Guacavía, Humea, Upía, Túa, Cusiana, Unete, Charte, Cravo Sur, Tocaría, Pauto, Ariporo, Casanare, Tame y Banadía, eran algunos de las innumerables venas que llevan vida por donde riegan.

 

Ríos del piedemonte llanero en su cruce con la Avenida Marginal de la Selva.

El paisaje social también ofrecía estímulos, a medida que nos alejábamos de Bogotá, la infraestructura vial se mostraba más precaria, las vías perdían la continuidad del pavimento y las casas se deterioraban. Al lado de la carretera el bloque y el cemento eran reemplazados por latas, madera y materiales más precarios para la construcción de viviendas. Junto con la disminución de la calidad de vida de las poblaciones aumentaba la presencia del ejército: trincheras de sacos de arena sobre la carretera, barricadas con canecas, camiones y vehículos de guerra blindados (si, de guerra y blindados) y campamentos al lado de la vía imprimían una atmósfera de continua incertidumbre e intranquilidad en el ambiente.   


Trincheras del Ejército Nacional sobre la carretera. Vía Casanare - Arauca. 


Campamento del Ejército Nacional al lado de la carretera. Vía Casanare - Arauca. 


Controles militares sobre las vías araucanas.

Nuestro objetivo final era el municipio de Cubará, uno de los rincones de Colombia, donde convergen las fronteras entre el departamento de Boyacá, Norte de Santander, Arauca y el Estado de Apure, en Venezuela. Con nosotros viajaban una periodista del periódico El Turbión y una camarógrafa de la productora de medios audiovisuales Kinorama, quienes registrarían la última asamblea (junio de 2014) de una serie de muchas reuniones entre entidades del Gobierno Nacional y el pueblo U´wa, donde se pretendía llegar a acuerdos que garantizaran la inclusión de las opiniones de la población, no solo en temas de extracción de hidrocarburos sino también respecto a la titulación de tierras, la desmilitarización de la zona y la autodeterminación para administrar su propio destino.



Murales en las vías públicas del casco urbano del municipio de Cubará.

La primera noche en Cubará visitamos el área circundante del pozo de perforación, los indígenas se lo habían tomado días antes y mantenían las operaciones detenidas. Los trabajadores y funcionarios de Ecopetrol tuvieron que abandonar las instalaciones. El ambiente era tensionante, decenas de soldados y camiones del ejército colombiano patrullaban permanentemente la zona. Sin embargo, alrededor de las instalaciones del pozo Magallanes se cocinaba en comunidad, se tomaba chicha y se recochaba con tal alegría que parecía una fiesta más que una toma.


Vista del Pozo de perforación del APE Magallanes.



Lo que quedó de la olla comunitaria al frente del pozo Magallanes. En el buen comer está el buen vivir. Soberanía alimentaria. 

Indígenas orgullosos de aportar en el proceso de resistencia. Toma pacífica en los alrededores del Pozo Magallanes. 

A la mañana siguiente, se reunieron indígenas de la comunidad U´wa, altos mandos políticos del país –tomadores de decisiones en el tema agrario, minero-energético, de salud, étnico y económico-, dirigentes de la empresa petrolera más poderosa de Colombia (Ecopetrol) y miembros de la comunidad académica científica. La asamblea se desarrolló en el modesto salón comunal del pueblo, que, aunque no contaba con más de 2000 habitantes, logró reunir a la más diversa representación indígena y a campesinos de todos los rincones del municipio y la región; quienes mediante un consenso donde cada individuo tiene voz, independientemente de su edad y su ocupación, tomarían las decisiones correspondientes a sus futuras relaciones con el Gobierno colombiano.  


Guardia indígena prestando vigilancia mientras esperaba la llegada de los funcionarios del Gobierno.  

El ministro de minas y energía – Amilkar Acosta-, el presidente de Ecopetrol -Javier Gutiérrez-, distintos entes de control, delegados del Instituto Colombiano de Desarrollo Rural  (Incoder), del Ministerio del Interior y de Justicia, coroneles de las Fuerzas Militares y otros tantos delegados del Gobierno fueron recibidos en el recinto para discutir el desmonte del pozo de exploración de gas Magallanes, el cual con un costo superior a los 300 mil millones de pesos había sido perforado en territorio ancestral U´wa. Era época de invierno y llovía de manera abundante, algo habitual en el piedemonte llanero. La importancia estratégica de la región merecía la atención de muchos medios de comunicación. Sin embargo, como es común en los lejanos y olvidados pueblos del país, solo algunos medios alternativos y una que otra cámara casera lograron presenciar el precedente de un hecho trascendental en la historia de los procesos populares de autonomía territorial y de oposición a las políticas económicas del Estado. 

Los altos dirigentes habían llegado en helicóptero y un gran despliegue militar se mantenía en máxima alerta ante cualquier eventualidad. En este sector, donde nunca pasaba nada, no porque careciera de tiempo o espacio donde la realidad sucediera, sino porque la cotidianidad de los días se disfrazaba de inmovilidad permanente en las vidas de sus habitantes, la militarización repentina rompía con la tranquilidad de la atmósfera. El municipio de Cubará se encuentra en el extremo norte del departamento de Boyacá, en límites con Santander, Arauca, Norte de Santander y Venezuela. La guerrilla del ELN (Ejército de Liberación Nacional), los insurgentes de las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y los paramilitares de extrema derecha se disputan el control por el territorio, días antes, los guerrilleros habían dinamitado un tramo del oleoducto Caño Limón-Coveñas, hecho que acrecentaba la tensión en la asamblea.

El poder económico y militar del Estado parecía tener una insignificante relevancia en estos aposentos, pues la autoridad dentro del salón comunal era ejercida por los integrantes de la guardia indígena: una organización conformada por un incluyente abanico de miembros del resguardo con edades variables entre los 11 y quizá más de 50 años; quienes solo poseían como arma, un bastón y un rostro con seriedad categórica, de facciones tan duras como las del más rudo de los guerreros de terracota. La seguridad sería llevada a cabo por la comunidad.

Antes de iniciar la reunión, el ministro de minas entró a un cuarto del salón comunal buscando de forma desesperada el único baño que existía para casi 150 personas. Formó una fila inexistente que él había creado para sentirse soberano sobre el derecho a entrar primero. Como único individuo de la línea, vigilaba con detenimiento que nadie se interpusiera entre la puerta del baño, que se ubicaba a menos de 1 metro y él. Pero entre los efímeros instantes de divagación mental que caen sobre quien, encomendado por su jefe, le otorga una gran responsabilidad, se anticipó una “mayora” (mujer de la tercera edad que posee la sabiduría y la memoria histórica de su pueblo) y entró inmediatamente después de que se había desocupado el baño… 6 minutos más de espera. Cuando la mayora salió, un adolescente se adelantó sorpresivamente, ante lo cual el ministro refunfuñó con impotencia y se propuso para sí estar esta vez más alerta. Cuando el joven evacuó el baño, de repente un hombre de aguda viveza en el rostro y decidido impulso se interpuso para ocuparlo una vez más. Finalmente, después de 20 minutos y varios intentos, el ministro, que con seguridad extrañaba la comodidad de su opulento entorno, se lanzó atrevidamente y logro ingresar.

Salió muy tranquilo, y se recostó sobre una mesa, se encontraba sólo consigo mismo, sin escoltas, sin secretaria, sin admiradores, sin “lagartos”. Su rostro expresaba cuestionamientos ante su entorno, como queriendo responderse el por qué recibía tan poco respeto y reconocimiento en medio de los indígenas. Muy en el fondo debería tener una respuesta, pues a pesar de su alta posición directiva en el gobierno, provenía de un pueblo indígena del norte de Colombia - los Wayüu- y mucho más que otros conocía que en la visión del mundo aborigen: el tiempo, el espacio y las relaciones personales son concebidas de manera distinta.

De repente, fue interrumpido de su profunda introspección con una palmadita en la espalda, un joven mestizo con un claro acento del interior del país le preguntó ¿Cómo es que es su nombre? El ministro, desconcertado al notar que su nombre era desconocido incluso para esas personas que provenían de esa “civilización” a la que él ahora pertenecía, volteó a mirar al joven y analizando en lo recóndito de su mente cada palabra, contestó cortésmente “Amilkar Acosta, mucho gusto”. Su respuesta solo recibió como eco un gesto de indiferencia acompañado de un prolongado y monosilábico: “Ahhh”.

La reunión trascurrió con tensión, las partes expusieron sus argumentos. Por un lado, el gobierno:


    “Es un proyecto de desarrollo para el país. Colombia necesita gas, garantizaremos que no vamos a generar impactos ambientales dañinos. Se encuentra en trámite la titulación de varios de los predios que ustedes han exigido, los programas de salud se empezarán a desarrollar pronto…”

-    
En la mesa: representantes del Ministerio del Interior, Ministerio de Minas, Ministerio de Ambiente, Parques Nacionales, Ecopetrol, Anla, entre otras entidades.

Por otro lado, el grupo de investigadores jurídicos y científicos argumentaban de igual manera que:

-        “La operación del Pozo Magallanes estaba generando impactos sobre el agua superficial y subterránea del territorio ancestral U´wa. Es común que estos pozos tuvieran fugas de gas hacia los acuíferos, contaminando los ríos y la fuente de agua de las comunidades, afectando la sostenibilidad ambiental de la cuenca. Adicionalmente, el auto 004/09 de la Corte Constitucional identificó el riesgo de exterminio físico y cultural de numerosos pueblos indígenas del país (entre ellos el pueblo U´wa), por lo que exigía a toda la institucionalidad usar los medios necesarios para su protección y preservación”.

Finalmente, entre español y lengua U´wa tomaron la palabra hombres y mujeres, mayores y mayoras. Por las ventanas se asomaban los curiosos que no habían logrado entrar al salón, adentro el auditorio escuchaba atentamente:

-        “Esta tierra ha sido ancestralmente nuestra madre, nuestro territorio y nuestra fuente de vida. Están generando contaminación al rio Cubugón, él es sagrado para nosotros. Nos han traído muchos conflictos donde antes vivíamos en paz, nosotros siempre ponemos los muertos. No queremos extracción de gas en nuestra tierra. Su pozo es una violación a nuestra madre, le están sacando la sangre. Además, el gobierno no ha cumplido los compromisos de titular tierras, de traernos salud y de retirar las fuerzas militares de nuestro territorio, nos están matando de a poco. Llevamos varios años en reuniones y ustedes no han hecho nada, ya no confiamos en sus actas y documentos. Queremos que se vayan y que respeten nuestra autonomía sobre el resguardo. Y si tenemos que dar la vida por defenderlo, lo haremos hasta el último U´wa”.


Incluso desde afuera del salón comunal, la comunidad asistía a la reunión, asomándose por las ventanas procuraba hacer parte de las decisiones trascendentales para su pueblo.

A 12 kilómetros de la asamblea, sobre una de las trochas del municipio, bajo una espesa selva tropical húmeda, un grupo de hombres, mujeres y niños indígenas continuaba ocupando las instalaciones del pozo Magallanes como método de presionar al gobierno para cumplir los acuerdos. Desde sus improvisados cambuches vigilaban por turnos día y noche los movimientos de cuanto ser viviente se atrevía a irrumpir en el campamento. La toma se mantenía pacífica y se esperaban instrucciones para continuarla o renunciar a la ocupación. 

El Gobierno quería lograr la reiniciación de las operaciones del pozo, y el cabildo, en cambio, el desmonte y retiro de todo el aparataje petrolero. Un acuerdo casi irreconciliable donde la dilatación perjudicaba a ambas partes. Horas más tarde, después de largas disertaciones y diálogo persuasivo, el gobierno, la empresa y la comunidad lograron algunos acuerdos que fueron plasmados en largas actas, documentos que representaban la voluntad de las partes para cumplir con los compromisos adquiridos, pero que con muchos antecedentes, mostraban su obsoleta eficacia. El acta comprometía al gobierno y a Ecopetrol a financiar un estudio ambiental donde se analizaría el potencial daño ambiental, social y cultural que podía generar la extracción de gas en el territorio ancestral zona.

Después de la tensión y la claustrofobia acumulada por 5 horas de reunión en extremo encierro, el ministro trataba de huir sin firmar los convenios. En la puerta, dos obstáculos inamovibles aguardaban con celos y diligencia la única escapatoria: un candado del tamaño de una caja de fósforos que aseguraba la puerta, y un adolescente, de talvez 12 o 13 años, con mirada inocente, que como administrador de la única salida, y con la imponencia de Cerbero se apoyaba con decisión sobre una muleta que reemplazaba irremediablemente su pierna derecha amputada desde arriba de la rodilla.


Acta de compromisos firmada entre la Nación U´wa y el Gobierno Colombiano.

En un pueblo con ausencia de Estado en todas sus expresiones, excepto en la extracción de sus bienes naturales y sus riquezas: un candado de minúscula fuerza puede hacer sentir vulnerable a un imponente coronel, un bastón de madera imprime más autoridad que los fusiles de un ejército tecnificado y un niño o una anciana tienen más voz y voto que un ministro de minas y energía.


Joven de la Guardia Indígena responsable de controlar la entrada y salida al salón comunal.

Un mes después de esta reunión, el gobierno colombiano y Ecopetrol anunciaban desmontar el pozo exploratorio de gas Magallanes del territorio ancestral y sagrado Kera Chikara (ver diccionario U´wa - español). ¿Razones?, cada quien podrá argumentar la propia, pero con un poco de objetividad se llegaría a concluir que: no era viable económicamente para Ecopetrol cumplir con los parámetros ambientales y sociales que respetaran la existencia armónica entre la comunidad y su entorno; y que existen visiones irreconciliables del progreso donde el desarrollo económico no compra el buen vivir.

Noviembre de 2016

Noticias del proceso de negociaciones entre el pueblo U´wa y el Gobierno colombiano y anuncio del desmonte del Pozo Magallanes:


Licencia ambiental de la ANLA por la cual se autorizaba el APE Magallanes: